Cuando del Internado me acuerdo son como las dos de la tarde, quiero oír música me acerco a los parlantes de la radio INBA. Ya le di tres mascadas al sándwich de lechuga con plátano. Se escucha “I am going home” del grupo “Ten Years After”. Me gusta el tema, pero no veo la necesidad de ir más allá de la biblioteca, de las multicanchas y los gimnasios, de la piscina temperada para atravesarla ida y vuelta nadando por debajo del agua, del dormitorio, del cine, de la enfermería, del comedor, del pasto del patio de las palmeras, de la cocina, del pabellón de artes plásticas y manuales, de la peluquería, de la enfermería, de los laboratorios, de la sala de pimpón, de la sala de pool, de los tantos rincones que hay por todos lados de esta gran casa.
Cuando del Internado me acuerdo siento olor a mantequilla, a pichanga, a discusión acalorada, a poroto, a hueveo, a manzana, a responsabilidad, a marraqueta, a libertad. Un viernes el gato Zúñiga me invita a Buin, van a celebrarle los catorce años, en su casa-negocio. Es la primera vez que dispongo de un tocadiscos y escucho “Let It Be” muchas muchas veces, estoy maravillado que me dejen hacerlo, ese cumpleaños es una canción que me quedará grabada con alta fidelidad.
Cuando del Internado me acuerdo en la noche después que apagan la luz del dormitorio, el Guzmán saca un tarro de manjar del ropero, lo esparcimos sobre el queque que traje el domingo, me cuesta quedarme dormido, tengo un sueño dulce que esparce semen en el pijama. De adulto cuando despierte con hambre, sacaré una bolsa de manjar del refrigerador, volveré al dormitorio, me daré el mismo doble banquete y dormiré como esparcido sobre el cubrecama.
Cuando del Internado me acuerdo se celebra el día del maestro. El cabezón Vargas canta “Yo soy aquel” de Raphael de España, aquel será el país donde el cabezón criará sus hijos. De imitar a Sandro bailando y cantando “Rosa, Rosa, tan maravillosa…”, se encarga el cochito Vidal, que será un cocinero inimitable. El che Rodríguez canta tocando guitarra “…sueño, sueño, del alma que a veces muere sin florecer…”, es la “Zamba de la Esperanza” de Los Chalchaleros. El elenco culmina con el cabeza de huevo Nordenflycht recitando la “Plegaria del Labrador” de Víctor Jara, el Nordenflycht será el primero en fallecer, mejor dicho en ser fallecido (ni remotamente me imagino que este niñito high de Viña de Mar se atreverá en su vida a limpiar como el fuego el cañón de su fusil). Ese día no hay clases de inglés con el pelao Clerc, ni de francés con la madame Varas, ni de artes manuales con el lumbeta Lillo, ni de música con don Luuuuuuiiiiiissssss Vilches, ni de ciencias naturales con Heriberto Soto, ni de matemáticas con el gato Cabrera, ni de historia con falabellito Arratia. Ese día, fue una clase de alegría, de una alegría magistral como si se estuviera inaugurando la adolescencia.
Cuando del Internado me acuerdo hay elecciones presidenciales. “Con votos no se cambia el mundo”, me dice un rubio quinceañero de apellido inglés y con corte de pelo a lo príncipe valiente, que llevaba el conteo de los puntos de un partido de voleibol en una hoja que le sacó al cuaderno y que apoya en el diario del Che. En todo caso, su opinión no es influyente ni decisiva, y eso mismo quizás será decisivo para que, pasado el tiempo se convierta en un experto cientista político que hace influyentes pronósticos electorales.
Cuando del Internado me acuerdo, vengo saliendo de una sesión de cine. Este miércoles dieron “El Submarino Amarillo”, el anterior “La Fiesta Inolvidable” y escucho entre los empujones, que alguien dice: “esta película había que verla volado”. En el fondo, no olvidaré esa frase, creo, porque el cine me entretiene y aterriza, y caer en las garras del narcotráfico me aterrorizará.
Cuando del Internado me acuerdo aprendo a jugar básquetbol en las canchas de baldosas amarillas y blancas. "No se mira la pelota mientras se botea", me dice un futuro seleccionado nacional y doctor en educación, mientras se entrena para encestar la pelota en el aro, cada vez a mayor distancia del tablero. Ahora trato de no mirar el teclado mientras escribo, y por más que lo ejercite me resulta imposible no hacerlo.
Cuando del Internado me acuerdo, ante la presencia vigilante desde la mesa del profesor de un estudiante universitario, aprovecho lo mas que puedo el silencio de la hora y media de estudio, antes del desayuno y después de la comida, para hacer tareas, así en los recreos largos de casi dos horas, puedo tranquilamente jugar baby fútbol usando como pelota el envase de la pasta para lustrar zapatos, conversar con los que fuman en la cancha de fútbol y tirar piedras para ver quien llega mas lejos, esperar a Serrano, el auxiliar que reparte las cartas y las encomiendas, leer el diario y revistas de historietas, ir a las asambleas de presidentes y delegados de curso, dormir en los catres viejos que hay en la cancha de tenis, responder ridículas cartas de amor que “si no fueran ridículas no serían cartas de amor”, tomar sol en el tercer piso, agarrarme a combos con un colombiano, para que ambos perdamos como en la guerra.
Cuando del Internado me acuerdo, venimos de vuelta de haber visto “El Degenéresis”en el teatro Antonio Varas. A la semana siguiente en la prueba de Castellano, el chato Clerc pregunta ¿que es lo que justifica que ese huevon haya salido “empelotas” al final de la obra? “Porque es un guión surrealista”, me dice en la fila del almuerzo el pelao Navarrete. Algunos días veo los comentarios de arte que hace en el canal de televisión de la Universidad de Chile, el profesor de Literatura que voy a tener en la Escuela de Ingeniería, y casi todos los días veo en el canal nacional al correcaminos bip-bip que arranca y se burla del coyote, que se lo quiere comer. A mí me persigue y me “empelota” la burla que estoy pasando, por proponer la irrealista idea de simular un incendio del Internado, en el consejo de curso donde se discute qué cosa original hacer para la celebración del aniversario.
Cuando del Internado me acuerdo son las diez y tanto de la noche estamos durmiendo y tiembla fuerte. Un futuro diplomático se pone a cantar huanitos. Treinta años después y luego de un terremoto en un país donde cumple funciones, lo entrevistarán telefónicamente en la televisión, para que transmita tranquilidad a los familiares de los chilenos que viven por esos lados. No paran de moverse y quejarse las gruesas murallas y las vigas de pino Oregón, en pocos segundos casi todos bajan desde el tercer piso gritando y saltando escalones a oscuras, mostrando una agilidad no vista en clases de educación física. Pasamos la noche en una sala del patio verde escuchando radio a pilas. El derrumbe de casas en lugares, ciudades y barrios, mezclada con la variedad de orígenes sociales de los cuales provenimos, provoca que se levante la solidaridad inmediata y que el centro de alumnos, con eficiente caos, organice la recolección de ayuda para los damnificados.
Cuando del Internado me acuerdo en el Estadio de la Universidad Técnica del Estado, el chino Lozan está entrenando el salto alto al nuevo estilo “Fosbory”, para ganar en el campeonato de atletismo de colegios fiscales y correr la posta 4x400 metros planos, me presta sus zapatillas de clavos de una marca que recién comienza a conocerse, son las únicas que usaré en mi corta carrera deportiva. Para estudiar robótica el chino Lozán se pegará el salto directo a Suecia.
Cuando del Internado me acuerdo, iniciales rojas de nuestros nombres acompañadas del número que nos identifica y que llevamos bordadas en los delantales blancos, son las que marcamos con un clavo viejo en murallas, pilares, asientos, pupitres, baños y árboles, como una especie de jeroglíficos que no tienen nada de imborrable.
Cuando del Internado me acuerdo Bobby Fischer y Boris Spasky están jugando a la fría guerra del campeonato mundial de ajedrez. Movidos por un futuro maestro internacional (“a world on 64 squares” será la forma de firmar los últimos correos electrónicos que enviará desde Nueva York, donde morirá viviendo del ajedrez) un grupo grande se obliga a trasnochar en los pasillos del patio Siberia, analizando una de las partidas que el norteamericano gana, jugando con las negras. Otros tantos voluntariamente vamos a mover sacos de harina, el paro de dueños de camiones tienen paralizada su distribución. Quedamos enteramente blancos y cansados, como las piezas de una partida de ajedrez abandonada.
Cuando del Internado me acuerdo, me provoca curiosidad la elegancia y delicadeza del presidente del centro de alumnos, el brillo y color de sus zapatos combina con la tela de su abrigo y su bufanda. El tono de su discurso político luce como las tenidas que con mucho orgullo le confeccionará a la primera mujer que será presidente la república, como heredera de ideas, a las que este exitoso diseñador de prestigiosa vestimenta, con tanta convicción se opuso.
Cuando del Internado me acuerdo, estoy recorriendo a dedo parte del desierto de Atacama. Acompañando y acompañado de un futuro poeta y erudito literario. Releo la novela “La semilla en la arena”, las páginas que pasan por mis dedos fueron partes de la historia de Chile, que compaginan mucho con futuras partes de la historia de Chile, cuando se publiquen los primeros poemas de mi compañero de viaje y él diga que cuatro poetas chilenos “son los puntos cardinales de un país más justo y libertario, una nación que la poesía ha ido construyendo en el territorio de la utopía, casi como quién, perdido o insolado en el desierto, opta por inventarse un espejismo”.
Cuando del Internado me acuerdo, tengo permiso para salir una tarde después de clases, es invierno, está oscuro, hay una neblina espesa. Voy caminando por la calle Matucana volviendo de una manifestación política en el teatro Caupolicán, miro hacia atrás y hacia los lados, no se ve mas allá de unos pocos metros, siento miedo, lo que más quiero es llegar luego y ojalá que Plazita el portero, tenga la entrada sin llave. La espesa polarización neblinosa me impide ver un poco más allá de esos días. El flaco Román se introduce en la espesura clara del cálculo infinitesimal y del libro “Obra Gruesa” de Nicanor Parra, el mono Mendoza repite hasta dormido el poema “España en el Corazón” de Neruda, como un presagio de que habrá golpe de estado.
Cuando del Internado me acuerdo, me pongo los audífonos, hago click sobre el archivo “I am going home Of Ten Years After.mp3”. Me sigue gustando el tema, sigo escribiendo en el computador, acordándome de cada primer sábado de noviembre, a las 13 horas, cuando en Santo Domingo 3535 portería principal del Internado Nacional Barros Arana, nos juntamos los ex-compañeros de curso. Y siento que por muy excedidos de peso y exigencias que estemos, por muy descoloridos y escasos que tengamos el pelo y los bolsillos, siento, digo, que en parte sigo siendo el imposible adolescente “no he cumplido aún toda mi edad “ y lo que más querría es ir a la ventana hacia el mundo que era el Internado, revivirlo y desde allá ver estas mañanas.
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RECUERDOS DEL INBA...
Cuando del Internado me acuerdo son como las dos de la tarde, quiero oír música me acerco a los parlantes de la radio INBA. Ya le di tres mascadas al sándwich de lechuga con plátano. Se escucha “I am going home” del grupo “Ten Years After”. Me gusta el tema, pero no veo la necesidad de ir más allá de la biblioteca, de las multicanchas y los gimnasios, de la piscina temperada para atravesarla ida y vuelta nadando por debajo del agua, del dormitorio, del cine, de la enfermería, del comedor, del pasto del patio de las palmeras, de la cocina, del pabellón de artes plásticas y manuales, de la peluquería, de la enfermería, de los laboratorios, de la sala de pimpón, de la sala de pool, de los tantos rincones que hay por todos lados de esta gran casa.
Cuando del Internado me acuerdo siento olor a mantequilla, a pichanga, a discusión acalorada, a poroto, a hueveo, a manzana, a responsabilidad, a marraqueta, a libertad.
Un viernes el gato Zúñiga me invita a Buin, van a celebrarle los catorce años, en su casa-negocio. Es la primera vez que dispongo de un tocadiscos y escucho “Let It Be” muchas muchas veces, estoy maravillado que me dejen hacerlo, ese cumpleaños es una canción que me quedará grabada con alta fidelidad.
Cuando del Internado me acuerdo en la noche después que apagan la luz del dormitorio, el Guzmán saca un tarro de manjar del ropero, lo esparcimos sobre el queque que traje el domingo, me cuesta quedarme dormido, tengo un sueño dulce que esparce semen en el pijama. De adulto cuando despierte con hambre, sacaré una bolsa de manjar del refrigerador, volveré al dormitorio, me daré el mismo doble banquete y dormiré como esparcido sobre el cubrecama.
Cuando del Internado me acuerdo se celebra el día del maestro. El cabezón Vargas canta “Yo soy aquel” de Raphael de España, aquel será el país donde el cabezón criará sus hijos. De imitar a Sandro bailando y cantando “Rosa, Rosa, tan maravillosa…”, se encarga el cochito Vidal, que será un cocinero inimitable. El che Rodríguez canta tocando guitarra “…sueño, sueño, del alma que a veces muere sin florecer…”, es la “Zamba de la Esperanza” de Los Chalchaleros. El elenco culmina con el cabeza de huevo Nordenflycht recitando la “Plegaria del Labrador” de Víctor Jara, el Nordenflycht será el primero en fallecer, mejor dicho en ser fallecido (ni remotamente me imagino que este niñito high de Viña de Mar se atreverá en su vida a limpiar como el fuego el cañón de su fusil). Ese día no hay clases de inglés con el pelao Clerc, ni de francés con la madame Varas, ni de artes manuales con el lumbeta Lillo, ni de música con don Luuuuuuiiiiiissssss Vilches, ni de ciencias naturales con Heriberto Soto, ni de matemáticas con el gato Cabrera, ni de historia con falabellito Arratia. Ese día, fue una clase de alegría, de una alegría magistral como si se estuviera inaugurando la adolescencia.
Cuando del Internado me acuerdo hay elecciones presidenciales. “Con votos no se cambia el mundo”, me dice un rubio quinceañero de apellido inglés y con corte de pelo a lo príncipe valiente, que llevaba el conteo de los puntos de un partido de voleibol en una hoja que le sacó al cuaderno y que apoya en el diario del Che. En todo caso, su opinión no es influyente ni decisiva, y eso mismo quizás será decisivo para que, pasado el tiempo se convierta en un experto cientista político que hace influyentes pronósticos electorales.
Cuando del Internado me acuerdo, vengo saliendo de una sesión de cine. Este miércoles dieron “El Submarino Amarillo”, el anterior “La Fiesta Inolvidable” y escucho entre los empujones, que alguien dice: “esta película había que verla volado”. En el fondo, no olvidaré esa frase, creo, porque el cine me entretiene y aterriza, y caer en las garras del narcotráfico me aterrorizará.
Cuando del Internado me acuerdo aprendo a jugar básquetbol en las canchas de baldosas amarillas y blancas. "No se mira la pelota mientras se botea", me dice un futuro seleccionado nacional y doctor en educación, mientras se entrena para encestar la pelota en el aro, cada vez a mayor distancia del tablero. Ahora trato de no mirar el teclado mientras escribo, y por más que lo ejercite me resulta imposible no hacerlo.
Cuando del Internado me acuerdo, ante la presencia vigilante desde la mesa del profesor de un estudiante universitario, aprovecho lo mas que puedo el silencio de la hora y media de estudio, antes del desayuno y después de la comida, para hacer tareas, así en los recreos largos de casi dos horas, puedo tranquilamente jugar baby fútbol usando como pelota el envase de la pasta para lustrar zapatos, conversar con los que fuman en la cancha de fútbol y tirar piedras para ver quien llega mas lejos, esperar a Serrano, el auxiliar que reparte las cartas y las encomiendas, leer el diario y revistas de historietas, ir a las asambleas de presidentes y delegados de curso, dormir en los catres viejos que hay en la cancha de tenis, responder ridículas cartas de amor que “si no fueran ridículas no serían cartas de amor”, tomar sol en el tercer piso, agarrarme a combos con un colombiano, para que ambos perdamos como en la guerra.
Cuando del Internado me acuerdo, venimos de vuelta de haber visto “El Degenéresis”en el teatro Antonio Varas. A la semana siguiente en la prueba de Castellano, el chato Clerc pregunta ¿que es lo que justifica que ese huevon haya salido “empelotas” al final de la obra? “Porque es un guión surrealista”, me dice en la fila del almuerzo el pelao Navarrete. Algunos días veo los comentarios de arte que hace en el canal de televisión de la Universidad de Chile, el profesor de Literatura que voy a tener en la Escuela de Ingeniería, y casi todos los días veo en el canal nacional al correcaminos bip-bip que arranca y se burla del coyote, que se lo quiere comer. A mí me persigue y me “empelota” la burla que estoy pasando, por proponer la irrealista idea de simular un incendio del Internado, en el consejo de curso donde se discute qué cosa original hacer para la celebración del aniversario.
Cuando del Internado me acuerdo son las diez y tanto de la noche estamos durmiendo y tiembla fuerte. Un futuro diplomático se pone a cantar huanitos. Treinta años después y luego de un terremoto en un país donde cumple funciones, lo entrevistarán telefónicamente en la televisión, para que transmita tranquilidad a los familiares de los chilenos que viven por esos lados. No paran de moverse y quejarse las gruesas murallas y las vigas de pino Oregón, en pocos segundos casi todos bajan desde el tercer piso gritando y saltando escalones a oscuras, mostrando una agilidad no vista en clases de educación física. Pasamos la noche en una sala del patio verde escuchando radio a pilas. El derrumbe de casas en lugares, ciudades y barrios, mezclada con la variedad de orígenes sociales de los cuales provenimos, provoca que se levante la solidaridad inmediata y que el centro de alumnos, con eficiente caos, organice la recolección de ayuda para los damnificados.
Cuando del Internado me acuerdo en el Estadio de la Universidad Técnica del Estado, el chino Lozan está entrenando el salto alto al nuevo estilo “Fosbory”, para ganar en el campeonato de atletismo de colegios fiscales y correr la posta 4x400 metros planos, me presta sus zapatillas de clavos de una marca que recién comienza a conocerse, son las únicas que usaré en mi corta carrera deportiva. Para estudiar robótica el chino Lozán se pegará el salto directo a Suecia.
Cuando del Internado me acuerdo, iniciales rojas de nuestros nombres acompañadas del número que nos identifica y que llevamos bordadas en los delantales blancos, son las que marcamos con un clavo viejo en murallas, pilares, asientos, pupitres, baños y árboles, como una especie de jeroglíficos que no tienen nada de imborrable.
Cuando del Internado me acuerdo Bobby Fischer y Boris Spasky están jugando a la fría guerra del campeonato mundial de ajedrez. Movidos por un futuro maestro internacional (“a world on 64 squares” será la forma de firmar los últimos correos electrónicos que enviará desde Nueva York, donde morirá viviendo del ajedrez) un grupo grande se obliga a trasnochar en los pasillos del patio Siberia, analizando una de las partidas que el norteamericano gana, jugando con las negras. Otros tantos voluntariamente vamos a mover sacos de harina, el paro de dueños de camiones tienen paralizada su distribución. Quedamos enteramente blancos y cansados, como las piezas de una partida de ajedrez abandonada.
Cuando del Internado me acuerdo, me provoca curiosidad la elegancia y delicadeza del presidente del centro de alumnos, el brillo y color de sus zapatos combina con la tela de su abrigo y su bufanda. El tono de su discurso político luce como las tenidas que con mucho orgullo le confeccionará a la primera mujer que será presidente la república, como heredera de ideas, a las que este exitoso diseñador de prestigiosa vestimenta, con tanta convicción se opuso.
Cuando del Internado me acuerdo, estoy recorriendo a dedo parte del desierto de Atacama. Acompañando y acompañado de un futuro poeta y erudito literario. Releo la novela “La semilla en la arena”, las páginas que pasan por mis dedos fueron partes de la historia de Chile, que compaginan mucho con futuras partes de la historia de Chile, cuando se publiquen los primeros poemas de mi compañero de viaje y él diga que cuatro poetas chilenos “son los puntos cardinales de un país más justo y libertario, una nación que la poesía ha ido construyendo en el territorio de la utopía, casi como quién, perdido o insolado en el desierto, opta por inventarse un espejismo”.
Cuando del Internado me acuerdo, tengo permiso para salir una tarde después de clases, es invierno, está oscuro, hay una neblina espesa. Voy caminando por la calle Matucana volviendo de una manifestación política en el teatro Caupolicán, miro hacia atrás y hacia los lados, no se ve mas allá de unos pocos metros, siento miedo, lo que más quiero es llegar luego y ojalá que Plazita el portero, tenga la entrada sin llave. La espesa polarización neblinosa me impide ver un poco más allá de esos días. El flaco Román se introduce en la espesura clara del cálculo infinitesimal y del libro “Obra Gruesa” de Nicanor Parra, el mono Mendoza repite hasta dormido el poema “España en el Corazón” de Neruda, como un presagio de que habrá golpe de estado.
Cuando del Internado me acuerdo, me pongo los audífonos, hago click sobre el archivo “I am going home Of Ten Years After.mp3”. Me sigue gustando el tema, sigo escribiendo en el computador, acordándome de cada primer sábado de noviembre, a las 13 horas, cuando en Santo Domingo 3535 portería principal del Internado Nacional Barros Arana, nos juntamos los ex-compañeros de curso. Y siento que por muy excedidos de peso y exigencias que estemos, por muy descoloridos y escasos que tengamos el pelo y los bolsillos, siento, digo, que en parte sigo siendo el imposible adolescente “no he cumplido aún toda mi edad “ y lo que más querría es ir a la ventana hacia el mundo que era el Internado, revivirlo y desde allá ver estas mañanas.
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